El rey Crystol jadeó, como si hubiera emergido de un sueño oscuro.
Sus ojos se abrieron con una claridad que nadie le había visto en años; miró a Bea, a Mahi, a la sala congelada en miedo.
Sintió, por fin, a su lobo, no como una bestia ciega, sino como una naturaleza que se conectaba con la Luna.
Un rugido interior brotó en su pecho, como el reconocimiento de algo imprescindible.
Crystol vio a Mahi y la olió; aquel aroma era el de su mate, su Luna.
Y, de pronto, recordó todo: las decisiones jus