El aire en el pequeño consultorio era un nudo de silencio tenso. Sienna sintió que el corazón le latía contra las costillas, un tambor desbocado que amenazaba con romperle el pecho.
— ¿Ya lo conversaron? — El médico quiso saber retomando su puesto en la silla tras el escritorio.
El galeno, con una expresión grave, acababa de pronunciarle las palabras que la habían perseguido durante cinco años:
— Ya no podemos esperar. El niño necesita un trasplante de médula urgentemente.
Y luego, su mirada se