El ofrecimiento de Amaro a resarcir un error del pasado hablaba muy bien de él, si no fuera porque aquella reparación resultara en sí misma mucho más ignominiosa. Alma había sido su cómplice en aquel primer episodio de engaño y, si todavía seguía en aquella casa, con la frente medianamente en alto, era porque no lo había disfrutado... Tanto, y la poca culpa la dejaba seguir. Ahora él le proponía todo lo contrario.
—¡Usted está casado! —le recordó ella, invocando a la esposa como si se tratara