Eloísa se acomodó en la sala, con el reluciente piso bajo la alfombra impecable, y recibió el té que la sonriente empleada le sirvió.
Todavía pasmada, Alma miraba todo con incredulidad.
—¿Qué pasó?
La empleada se encogió de hombros.
—Me dijo que limpiara, que llamara a unas amigas y limpiara todo. No sé qué bicho le picó, pero debe tener relación contigo; de otro modo, no me lo explico.
¿Con ella?
Alma miró a Eloísa, que se había puesto de pie y observaba uno de los cuadros. Ya no