En el pequeño consultorio del pueblo, la sala de espera era silenciosa, vacía, salvo por los Costa. Los tacones de Marianela enervaban a Valentino, cuyos pensamientos seguían enredados en el delantal, todavía en su bolsillo.
—Quédate quieta, mujer, que con tu caminata no harás que los médicos salgan más pronto. Ya la están atendiendo y Alma dijo que sus heridas no eran de gravedad.
Efectivamente, eran cortes superficiales. No era el cuerpo de Emma lo que tenía a Alma ensimismada, era su ment