VIII Una razón para continuar
En el pequeño consultorio del pueblo, la sala de espera era silenciosa, vacía, salvo por los Costa. Los tacones de Marianela enervaban a Valentino, cuyos pensamientos seguían enredados en el delantal, todavía en su bolsillo.

—Quédate quieta, mujer, que con tu caminata no harás que los médicos salgan más pronto. Ya la están atendiendo y Alma dijo que sus heridas no eran de gravedad.

Efectivamente, eran cortes superficiales. No era el cuerpo de Emma lo que tenía a Alma ensimismada, era su ment
NatsZ

¿Será Kay la razón que Emma necesita?

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