Marianela llamó a la puerta antes de entrar a la habitación de su esposo. Lo encontró sentado en el sillón junto al librero.
—El médico dijo que debías descansar, pero oigo tus pisadas ir de un lado a otro. ¿Será acaso tu conciencia la que no te da paz?
Valentino rodó los ojos. Recién la veía y ya estaba cansado de oírla.
—No digas estupideces. Estoy aburrido, eso es lo que pasa. No tengo la costumbre de pasarme tanto tiempo en la cama; sabes que apenas duermo.
—Yo creo que es tu concie