IV Anhelo
Marianela llamó a la puerta antes de entrar a la habitación de su esposo. Lo encontró sentado en el sillón junto al librero.

—El médico dijo que debías descansar, pero oigo tus pisadas ir de un lado a otro. ¿Será acaso tu conciencia la que no te da paz?

Valentino rodó los ojos. Recién la veía y ya estaba cansado de oírla.

—No digas estupideces. Estoy aburrido, eso es lo que pasa. No tengo la costumbre de pasarme tanto tiempo en la cama; sabes que apenas duermo.

—Yo creo que es tu concie
NatsZ

A todos les pesa la soledad, pero algunos lidian con ella de las peores formas...

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