—Ya era hora de que vinieras. Me siento todo tirante y seco. Ayer tuve que dejar entrar a esa kinesióloga nefasta porque he empezado a sentir dolor en las articulaciones.
—Te lo dije —comentó Alma, sin poder evitarlo. Lo testarudo empezaba a pasarle la cuenta—. Piensa en lo que ganarás cediendo; será mucho a cambio de un pequeño disgusto.
Dean rodó los ojos y luego vio a Alma acercarse a mirar por la ventana. Regresó con él para tratar sus heridas.
—Se ven estupendamente —comentó, admirada de