EMELY.
La madrugada apenas empezaba a clarear cuando el sonido de la cerradura me sacó de un sueño inquieto. Me incorporé en la cama, con el corazón alerta, pero mis sentidos se relajaron al instante: el aroma a pino, tierra mojada y ese almizcle único que solo le pertenecía a él inundó la habitación.
Era Olivar.
Se movía casi como una sombra, con un cansancio que se le notaba en los hombros, tratando de no hacer ruido. Me quedé mirándolo desde la penumbra, agradeciendo al cielo por verlo enter