EMELY.
—¿Qué es lo que quieres, Tamara? —le pregunté, manteniendo la voz firme a pesar de que sentía un ligero mareo. Mi cuerpo estaba débil, pero mi voluntad no.
Ella se giró con una lentitud felina, recorriéndome con una mirada cargada de asco.
—Que recojas tus cosas y te largues de aquí —escupió, dando un paso hacia mí—. No perteneces a este lugar, ni a este mundo.
—Tú no eres la dueña de esta casa —respondí, cruzándome de brazos—. El dueño es Olivar, tu Alfa. Él es quien decide quién se que