EMELY.
Me desperté sobresaltada, estirando la mano hacia el otro lado de la cama, pero solo encontré las sábanas frías. Olivar ya no estaba. Me senté lentamente, sintiendo el cuerpo pesado y ese extraño calor residual que su piel había dejado en la habitación. Apenas logré incorporarme, el sonido de la llave girando en la cerradura me puso en guardia.
La puerta se abrió y un hombre alto, de hombros anchos y mirada penetrante, entró sosteniendo una bandeja de plata. Se me pareció mucho al tipo del hospital.
—Buenos días —dijo él, dejando la bandeja sobre la mesa con movimientos precisos y calculados.
—¿Dónde está Olivar? —pregunté de inmediato, subiendo las sábanas hasta mi barbilla, sintiéndome vulnerable bajo su escrutinio.
—El Alfa ha salido a atender asuntos urgentes con su linaje —respondió con una voz profunda, pero menos intimidante que la de Olivar—. Mi nombre es Garino.
Lo miré con desconfianza, tratando de recordar si lo había visto antes entre tanto caos.
—¿Y qué haces aquí?