EMELY.
Me desperté sobresaltada, estirando la mano hacia el otro lado de la cama, pero solo encontré las sábanas frías. Olivar ya no estaba. Me senté lentamente, sintiendo el cuerpo pesado y ese extraño calor residual que su piel había dejado en la habitación. Apenas logré incorporarme, el sonido de la llave girando en la cerradura me puso en guardia.
La puerta se abrió y un hombre alto, de hombros anchos y mirada penetrante, entró sosteniendo una bandeja de plata. Se me pareció mucho al tipo d