OLIVAR.
El viaje hacia la residencia de mi linaje fue rápido. La mansión de mis padres, se alzaba imponente entre los picos más altos, una fortaleza de piedra que exhalaba poder y tradición.
Al cruzar el umbral, el aroma a hogar me recibió, A diferencia de la tensión que se respiraba en mi propia casa con la presencia de Tamara, aquí siempre había una paz basada en el respeto mutuo.
—¡Olivar! —escuché una voz vibrante antes de ver a la dueña.
Aleria, mi hermana menor, apareció por el pasillo y se lanzó a mis brazos. A pesar de ser una loba joven, su fuerza ya era notable. La levanté en vilo, permitiendo que una sonrisa genuina relajara mis facciones por primera vez en días.
—Estás más fuerte, pequeña —dije, revolviéndole el cabello mientras la bajaba.
—Y tú hueles a problemas, hermano mayor —respondió ella con esa sagacidad que siempre la caracterizaba.
Caminamos juntos hacia la sala principal, una estancia circular con una chimenea de dimensiones colosales donde el fuego nunca se apa