EMELY.
Han pasado dos días desde que Olivar se fue. Me encuentro en el salón principal, hundida en el gran sillón junto al ventanal, con la mirada perdida en el bosque espeso. La espera se siente como un peso físico; cada hora que pasa sin noticias suyas, el silencio de la mansión se vuelve más ruidoso.
Sobre mi regazo descansa el último libro de la biblioteca. Después de leerlo, mi perspectiva ha cambiado: ya no veo las manadas como cuentos, sino como una estructura política y biológica comple