OLIVAR.
La mañana siguiente entró por la ventana con una luz clara que nada tenía que ver con el caos de la noche anterior. Me levanté temprano, sintiendo el cuerpo todavía algo pesado, pero con una meta clara: darle a Emely un momento de paz total.
Preparé una bandeja con lo que más le gustaba: café recién hecho, fruta cortada y esas tostadas que siempre se come con demasiada mermelada. Entré en la habitación en silencio y dejé la bandeja en la mesa de noche antes de sentarme con cuidado en el