EMELY.
Después de terminar la lasaña, que debo admitir que estaba deliciosa, sentí una necesidad imperiosa de quitarme la tensión del día. El agua caliente era lo único que podía calmar mis nervios. Me di una ducha larga, dejando que el vapor empañara los cristales y tratando de asimilar que mi vida de maestra había quedado atrás para convertirme en la prisionera de un hombre que se cree un lobo.
Al salir del baño, envuelta apenas en una toalla blanca y con el cabello goteando, el corazón se me saltó del pecho. Olivar estaba allí, parado en medio de la habitación, observándome con una intensidad que me hizo sentir desnuda a pesar de la tela.
—¿No sabes tocar? —solté de golpe, apretando la toalla contra mi pecho con fuerza. El susto me había dejado las manos temblorosas.
—Esta es mi habitación —respondió él con esa voz profunda, sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento por invadir mi privacidad.
—Pues ahora es la mía —le espeté, tratando de recuperar algo de dignidad—. Recuerda que m