EMELY.
Después de terminar la lasaña, que debo admitir que estaba deliciosa, sentí una necesidad imperiosa de quitarme la tensión del día. El agua caliente era lo único que podía calmar mis nervios. Me di una ducha larga, dejando que el vapor empañara los cristales y tratando de asimilar que mi vida de maestra había quedado atrás para convertirme en la prisionera de un hombre que se cree un lobo.
Al salir del baño, envuelta apenas en una toalla blanca y con el cabello goteando, el corazón se me