OLIVAR.
Me serví un trago de whisky, dejando que el líquido golpeara el fondo del cristal con la misma pesadez que mis pensamientos. Estaba en mi oficina, buscando un momento de silencio, pero el aroma de Tamara me advirtió de su presencia antes de que siquiera abriera la puerta. Entró con paso firme, sus ojos fijos en los míos, cargados de una sospecha que no se molestaba en ocultar.
—Llegaste acompañado —soltó sin preámbulos, deteniéndose frente a mi escritorio—. Los guardias te vieron entrar