OLIVAR.
Me serví un trago de whisky, dejando que el líquido golpeara el fondo del cristal con la misma pesadez que mis pensamientos. Estaba en mi oficina, buscando un momento de silencio, pero el aroma de Tamara me advirtió de su presencia antes de que siquiera abriera la puerta. Entró con paso firme, sus ojos fijos en los míos, cargados de una sospecha que no se molestaba en ocultar.
—Llegaste acompañado —soltó sin preámbulos, deteniéndose frente a mi escritorio—. Los guardias te vieron entrar con alguien. ¿Quién es esa mujer, Olivar?
No pensaba darle ni un solo detalle. Cada segundo que Emely permaneciera como un misterio era un segundo más de seguridad para ella y para el cachorro. Debía protegerla, incluso de las garras de mi propia especie.
—No es de tu incumbencia —respondí, dándole un sorbo lento al whisky sin apartar la mirada de ella.
Tamara soltó una risa seca, incrédula, y rodeó el escritorio. Se acercó tanto que su perfume floral intentó invadir mis sentidos. Puso una mano