HIPOCRITA.
OLIVAR.
Me levanté del escritorio cuando el reloj marcaba las tres de la mañana. Mis ojos ardían por el cansancio y el resplandor de la pantalla, pero no podía dormir. Salí de la mansión hacia el jardín trasero, donde el aire de la madrugada cortaba la piel. Me detuve frente a los macizos de flores que Emely solía mirar desde la ventana. Corté varias, sin buscar que el ramo fuera perfecto, simplemente queriendo llevar un poco de vida a esa habitación que empezaba a oler demasiado a hospital.
Su