OLIVAR.
El viaje de regreso a la mansión era tranquilo. Conducía con la vista fija en la carretera, pero el aire dentro de la camioneta estaba cargado de la satisfacción del deber cumplido. Garino y Sebastián, que esta vez me había acompañado para asegurar el perímetro, venían conmigo.
Reclamar la manada de Malphas había sido más sencillo de lo esperado. Garino se había encargado de casi todo el trabajo sucio, organizando a los guerreros y sometiendo a los rebeldes antes de que yo diera el golp