EMELY.
Estaba atrapada entre sus brazos, sintiendo el calor abrasador que desprendía su cuerpo y el roce de sus músculos bajo la camisa. No quería darle la satisfacción de haber ganado, pero era imposible ignorar lo que estaba pasando. Lo miré fijamente y noté cómo sus ojos mutaban; ya no eran dorados, sino de un azul profundo y eléctrico que parecía vibrar con cada emoción que lo recorría.
Intenté buscar una respuesta mordaz, pero las palabras se me atascaron en la garganta. Olivar levantó una