EMELY.
Estaba atrapada entre sus brazos, sintiendo el calor abrasador que desprendía su cuerpo y el roce de sus músculos bajo la camisa. No quería darle la satisfacción de haber ganado, pero era imposible ignorar lo que estaba pasando. Lo miré fijamente y noté cómo sus ojos mutaban; ya no eran dorados, sino de un azul profundo y eléctrico que parecía vibrar con cada emoción que lo recorría.
Intenté buscar una respuesta mordaz, pero las palabras se me atascaron en la garganta. Olivar levantó una mano y, con una suavidad que me desarmó, me acarició la punta de la nariz con el dedo.
—Dímelo, Emely... ¿estás celosa? —volvió a preguntar, su voz era un ronroneo bajo que me erizaba la piel.
—No —respondí, tratando de sonar contundente, aunque mi respiración me traicionaba—. No es posible. No siento nada por ti como para estarlo.
—Yo creo que sí —replicó él, con una sonrisa ladeada que cargaba toda la arrogancia de su especie—. Tu olor te delata.
Me quedé helada.
—¿Qué tipo de olor? —le solté