EMELY.
El cielo se tiñó de un rojo denso, como sangre diluida. El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad que erizaba el vello. Abajo, en la planicie, el ejército de Vargo empezó a rugir, golpeando sus armas contra el suelo en un ritmo sordo que hacía vibrar la colina.
Permanecí inmóvil, con los dedos entrelazados con los de Olivar. Sentía la dureza de sus nudillos y la firmeza de su agarre. Éramos una sola roca frente al abismo.
Vargo dio un paso al frente, rompiendo la formación. S