EMELY.
Al grito de su Alfa, la marea de lobos de la planicie se lanzó hacia nosotros. Miles de patas golpearon la tierra al mismo tiempo, creando un sonido sordo, como un trueno constante que subía por la colina. Olivar no se inmutó. Se mantuvo firme a mi lado, ajustando la culata de su fusil contra el hombro.
—Que vengan —murmuró Olivar, con una calma letal—. Garino, Magnus... fuego a discreción.
El aire se llenó del chasquido metálico de cientos de armas siendo amartilladas. Todos nuestros gu