A NADA DE LA BATALLA

EMELY.

Me puse la armadura de combate. No era pesada, sino de una aleación ligera y flexible, diseñada para moverse con agilidad pero lo suficientemente dura para detener mordiscos y garras. Cubría mi torso, hombros y extremidades. El color era negro mate, para no reflejar la luz.

Olivar me pasó el cinturón táctico y las fundas. En ellas acomodé las dagas; sus hojas brillaban con un tinte azulado, impregnadas con la tecnología de metal líquido y el veneno paralizante diseñado específicamente pa
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