EMELY.
El aire en la cocina se congeló. Soraia dejó caer el cuchillo sobre la tabla con un sonido metálico que retumbó en las paredes. Kasidy dejó de respirar, con el papel del dibujo arrugándose entre sus dedos temblorosos.
—¿Vargo? —repetí, sintiendo como si un bloque de hielo se instalara en mi estómago—. Aleria, mírame. ¿Estás segura de lo que viste?
La niña asintió con una parsimonia que me dio escalofríos. No había duda en sus ojos de ocho años, solo esa claridad aterradora que tienen los