OLIVAR,
Me encontraba agazapado entre la maleza, con el pulso latiendo con una fuerza sorda en mis oídos. El frío de la noche no me afectaba; era la sangre de Varko hirviendo en mis venas lo que me mantenía alerta. Tenía a ese hijo de puta de Fenris a pocos metros, lo suficiente para oler su rastro rancio de traidor y cobardía. A mi lado, Garino era una sombra más, una extensión de mi propia voluntad.
A través del receptor, la voz de Fenris llegó cargada de esa arrogancia que me daban ganas de