3- Bienvenida a la jaula

Elena

Dos guardias me sacan a rastras del vehículo en cuanto el Alfa se pierde tras las enormes puertas dobles. Mis muñecas, atadas por las cadenas, están rojas y sensibles, pero no me quejo. No les doy ese gusto.

Camino con la cabeza erguida mientras me adentran en la fortaleza de la manada Garra de Ébano. El lugar es imponente, helado y opulento. Columnas de piedra oscura, arcos gigantescos y candelabros de hierro que proyectan sombras alargadas sobre el suelo de mármol pulido. Todo en este palacio grita poder y antigüedad.

Sin embargo, por muy imponente que sea no puedo evitar notar que también es… silencioso. Demasiado para tratarse de una ciudad y mucho más si tenemos en cuenta que están trayendo la nueva atracción del alfa… o sea yo.

Mis ojos recorren la manada con aterradora curiosidad, sintiendo como el miedo trepa por mi piel mientras reconozco la que será mi nueva cárcel y entre más miro, más extraño me parece todo… parpadeo con rapidez creyendo que he visto mal, pero no….solo hay machos, lobos. No veo ni un solo niño o loba  viendo la llegada de su alfa.

Raro… Un tirón me hace girar la cabeza y casi maldigo mientras sigo al alfa y sus guardias hacia la enorme mansión.

Por los pasillos me cruzo con otros sirvientes, en su mayoría humanos y todas mujeres. Sin embargo, no veo ni una sola loba en todo el trayecto.

No sé si se trata de alguna regla que hace que estén ocultas o si es algo más.

Mis ojos se dirigen de nuevo a las humanas. Van vestidas con uniformes grises idénticos, caminando con la cabeza agachada y los hombros encogidos. Ni siquiera levantan la mirada al verme pasar. Se mueven como fantasmas aterrorizados en su propia casa. Una punzada de rabia me atraviesa el pecho: yo no voy a terminar así. No me van a convertir en una sombra.

Los guardias me empujan hacia un gran despacho en el segundo piso. Las puertas se abren y me dejan en el centro de la habitación antes de cerrarse a mis espaldas con un chasquido metálico.

Ahí está él.

Kaelen se ha quitado la chaqueta del traje y lleva la camisa negra de vestir con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos robustos cubiertos de tatuajes oscuros con runas antiguas. Está de pie junto a un escritorio de madera maciza, revisando unos documentos.

Ni siquiera se molesta en mirarme cuando entro. El silencio en la habitación es aplastante.

—Las reglas en mi palacio son sencillas, humana —dice al fin. Su voz es una vibración baja que parece retumbar en las paredes—. No eres una invitada. Eres servidumbre personal. Harás lo que se te ordene, cuando se te ordene, sin cuestionar, sin réplicas y sin esa mirada de veneno que llevas clavada en la cara.

Me trago el ardor que me dejó su castigo en el auto. La garganta me sigue escociendo, pero me esfuerzo para que mi voz no tiemble.

—Y si me niego... ¿me vas a asfixiar otra vez? —suelto con una ironía fina, sin llegar a gritar, pero dejando claro que no estoy rota.

Kaelen se detiene en seco. Deja los papeles sobre la mesa y se gira lentamente hacia mí. Sus ojos verdes vuelven a brillar con una intensidad peligrosa. Da tres pasos lentos y calculados en mi dirección, como un depredador acorralando a su presa.

Involuntariamente, doy un paso atrás, pero antes de que pueda moverme más, siento una fuerza invisible pero sólida como el acero que me atrapa por los hombros y la cintura. Su poder ancestral se extiende por el aire, sujetándome en el sitio como si me hubiera clavado al suelo. No me ahoga como en el auto, pero me inmoviliza por completo.

Muevo los ojos con desesperación, esperando que se acerque a ponerme las manos encima, a usar la fuerza bruta para someter mi cuerpo. Preparo el rostro para el impacto de sus dedos.

Sin embargo, Kaelen se detiene a un metro de distancia.

Se me queda mirando desde arriba, y entonces veo la expresión en su rostro. No es solo rabia. Hay una arruga profunda en su nariz, una curva de desprecio en sus labios, una mueca de auténtico y visceral asco. Me mira exactamente igual que si tuviera enfrente a un insecto transmisor de pestes o a una masa de basura podrida.

Ni siquiera para sujetarme utiliza sus propias manos. Usa su aura para no tener que rozar mi piel.

En lugar de sentirme ofendida o humillada, una oleada de alivio helado me recorre el cuerpo de cabeza a pies. Se me relaja el pecho.

Le doy asco.

Le repugnan los humanos. La idea de tocarme le causa tanta aversión que prefiere gastar su energía mágica antes que poner un solo dedo sobre mí.

El pensamiento me reconforta de una manera casi eufórica. Si le causo tanto rechazo físico, si mi sola presencia le parece repulsiva, significa que no me usará para lo que todos en la puja decían. No me tocará. No me obligará a meterme a su cama. No me usará como un vientre para engendrar a sus cachorros. Seré su sirvienta, me hará la vida imposible y tendré que aguantar sus castigos, pero mi cuerpo seguirá siendo mío.

Kaelen nota el cambio en mi cara. Ve cómo el miedo desaparece de mis ojos y es reemplazado por una serenidad desafiante. Eso parece irritarlo mil veces más que mi insolencia.

—¿Te parece gracioso? —sisea, dando un paso más, aunque manteniendo la barrera invisible entre nosotros.

—Para nada, Alfa —respondo, remarcando la palabra con una falsa cortesía que chorrea sarcasmo—. Solo me queda claro el nivel de higiene con el que le gusta mantener sus manos. Descuide, el asco es profundamente mutuo.

Un gruñido sordo vibra en su pecho. El poder que me sujetaba me suelta de golpe, haciéndome dar un tambaleo hacia atrás.

—Llévensela —ordena Kaelen con voz helada, sin volver a mirarme—. Enciérrenla en los aposentos de la servidumbre del ala norte. Y asegúrense de que mañana a primera hora tenga una escoba en la mano. Vamos a ver cuánto dura tu orgullo cuando tengas que limpiar mi palacio de rodillas.

Las puertas se abren de inmediato y los guardias me toman de los brazos para sacarme de allí.

Mientras me arrastran por los pasillos oscuros hacia mi celda, mantengo la cabeza en alto. La garganta me duele y el futuro es incierto, pero sonrío para mis adentros. Kaelen Vance cree que me ha castigado, pero me acaba de dar la mejor noticia de mi vida: el monstruo no piensa tocarme.

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