2- El precio de la insolencia

Elena

Las cadenas de metal frío en mis muñecas me recuerdan que mi vida dejó de ser mía en el instante en que el martillo del subastador cayó contra la madera. Dos guardias me escoltan a rastras fuera de la "Casa de Piedra y Justicia", directo hacia la parte trasera de una camioneta blindada de color negro azabache, con los cristales tan oscuros que parecen espejos.

Me empujan hacia el interior. El asiento de cuero cruje bajo mi peso. La puerta se cierra con un golpe seco que retumba en mis oídos como una sentencia de muerte.

El espacio es amplio, sofocante y huele a una mezcla peligrosa de sándalo, pino y cuero nuevo. Apenas el vehículo se pone en marcha, noto que una pared de cristal ahumado e insonorizado me separa por completo del chófer. Estamos aislados. Solos.

A mi lado, envuelto en una sombra imponente, está él.

Tengo el corazón desbocado, martillándome la garganta con un pánico voraz, pero me niego rotundamente a mostrarme débil. Aprieto los puños sobre mi regazo, me pego a la puerta del auto y clavo la mirada en la ventana, fingiendo una fascinación repentina por las calles grises que van quedando atrás. No voy a reconocer su presencia. No voy a darle el placer de ver cómo me tiemblan las manos.

Sin embargo, hay una fuerza magnética y enfermiza en él que me supera. Contra mi propia voluntad, mis ojos se desvían de la ventana, traicionándome.

Lo miro de reojo. De cerca es todavía más intimidante. Lleva un traje a medida de color oscuro que remarca la amplitud de sus hombros y la firmeza de su torso. Su perfil parece esculpido por un cincel: la mandíbula marcada, la nariz recta y ese cabello negro y salvaje que le cae con elegancia sobre el cuello. Es una belleza aterradora. Malditamente perfecta. La belleza de un monstruo hecho para cazar.

—No he decidido si me miras como si quisieras adorarme o matarme —su voz retumba en la penumbra del vehículo. Es grave, áspera, como un rugido contenido que me eriza cada vello del cuerpo.

Un bochorno caliente me sube de golpe por el cuello y me enciende las mejillas. Me atrapó.

Giro la cabeza bruscamente hacia él y aprieto los dientes con tanta fuerza que me duelen las mandíbulas.

—Matarte —suelto sin filtrar, con el veneno chorreándome de la lengua—. Siempre matarte.

Él eleva las cejas con una lentitud calculada, mostrando una sorpresa genuina ante mi descaro. Me maldigo internamente en el mismo segundo en que las palabras salen de mi boca. ¡Cállate, Elena, cállate!, me grita mi instinto. Pero no tengo tiempo ni de respirar.

En un movimiento ridículamente rápido, inhumano, el Alfa se abalanza sobre mí.

Su sombra me cubre por completo mientras me acorrala, pegándome con fuerza contra el respaldo del asiento. El calor que emana de su cuerpo es abrasador, pero no me toca. No pone un solo dedo sobre mí. Se detiene a escasos milímetros de mi rostro. Puedo sentir su aliento caliente contra mi piel y ver cómo sus ojos verdes se tiñen de un rojo carmesí, brillante y diabólico.

—Más te vale calmar esa lengua tuya —sisea, y su aliento me quema las mejillas—. Acabo de pagar mucho dinero por ti y sería una pena tener que matarte tan pronto... ¿Está claro, humana?

El terror me grita que asienta, que me encoja, pero mi estupido orgullo y la rabia que me quema las entrañas pueden más. Mantenemos la distancia mínima, sintiendo el choque de nuestras respiraciones, y no soy capaz de mantener la boca cerrada.

—Nadie te pidió que lo hicieras —escupo.

El Alfa deja salir un gruñido gutural que hace vibrar el chasís del vehículo.

De repente, el aire dentro del auto se vuelve pesado, denso como el plomo. Una ola invisible de poder ancestral emana de su cuerpo, aplastando el espacio. Siento como si una mano invisible me agarrara de la garganta y me secara los pulmones de golpe. La presión es tan brutal que no puedo meter ni una sola gota de oxígeno a mi cuerpo. Me asfixio.

Me llevo las manos encadenadas al cuello, arañándome la piel en un acto desesperado por buscar aire, mientras mi visión empieza a llenarse de puntos negros.

Él no se mueve. Me observa desde arriba, implacable, con los ojos rojos ardiendo en la oscuridad.

—He dicho... ¿si está claro? —repite, dejando que su poder me aplaste un poco más.

La desesperación por sobrevivir le gana al orgullo. Sabiendo que estoy a punto de desmayarme, asiento con la cabeza como una loca, suplicando con la mirada que detenga la tortura.

El poder disminuye de golpe. El aire vuelve a entrar a mis pulmones con un silbido violento. Me doblo hacia adelante, tosiendo y jadeando, sujetándome el pecho mientras el dolor en la garganta me hace brotar lágrimas involuntarias de los ojos.

—Quiero que lo digas —ordena, con una frialdad absoluta.

Me trago la hiel, raspándome las cuerdas vocales quemadas.

—Está... está claro —consigo articular, con la voz rota y temblorosa.

El Alfa sonríe con una superioridad aplastante. Se echa hacia atrás con total parsimonia, acomodándose la chaqueta del traje como si nada hubiera pasado.

—Muy bien —dice, mirando por la ventana mientras el auto empieza a frenar—. Ya veremos si aprendes rápido. Y ahora prepárate, porque hemos llegado.

El vehículo se detiene por completo. Escucho el sonido de portones colosales abriéndose en el exterior. Él se gira hacia mí una última vez, dedicándome una mirada que me hiela la sangre.

—Solo te advierto algo, humana: no soy de los que dan segundas oportunidades. Si vuelves a cabrearme, vas a terminar siendo alimento para los perros.

Sin decir una sola palabra más, la puerta de su lado se abre. El Alfa se baja con elegancia, dejándome sola en la penumbra del auto, temblando de rabia, con la garganta ardiendo y el corazón jurando venganza.

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