Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena
Si me hubiese metido al ejército de seguro que sería muy parecido a esto.
La loba me mira con ojos insondables antes de acercarse un paso hacia mi.
—Nombre —ordena la loba sin rodeos.
Está parada con las manos en las caderas frente a una mesa de madera maciza donde yacen decenas de sacos de patatas y cebollas. Se mueve con la compostura de una jefa militar.
—Elena —respondo, manteniendo la voz firme y la mirada clavada en sus ojos amarillos.
—Bien, Elena. Mi nombre es Martha —se presenta, remarcando su tono con una severidad que no admite réplicas—. Aquí no me interesan tus dramas, ni si viniste llorando de la puja, ni tus aires de grandeza. ¿Hace cuánto cumpliste los veinte años?
Me dan ganas de decirle que eso no tiene importancia, pero tengo el sentido común de mantener las respuestas impertinentes solo para mi, en su lugar le doy un escueto:
—Hace un mes.
Ella inclina el rostro hacia un lado como si me evaluara y vuelve a preguntar:
—¿Y dónde vivías antes de que el Alfa te comprara?
Valgame Dios…
—En el distrito sur.
Martha suelta una risa corta y seca que no tiene nada de divertida y siento que la rabia se me enciende al ver la burla en sus ojos.
—Un agujero de mala muerte. Entonces ya deberías saber lo que es el trabajo duro, aunque dudo que hayas movido un solo dedo en tu vida con esa carita que tienes. Escúchame bien: en esta cocina las humanas no descansan a menos que yo lo ordene. Vas a pelar todos estos sacos, vas a fregar los tres calderos de hierro del fondo y después limpiarás los pisos de piedra hasta que pueda ver mi reflejo en ellos. ¿Entendido?
Quiero gritarle que no, que no me interesan sus reglas o su trabajo duro, pero esta es mi vida ahora y si no quiero acabar bajo tierra me toca obedecer.
—Entendido —digo sin vacilar.
Martha entorna los ojos, buscando algún rastro de duda, una mueca de disgusto o una lágrima contenida. No le doy nada. Aprieto los puños al costado de mi uniforme gris y me siento directamente en el taburete de madera, tomando el primer cuchillo.
Pasan las horas y el trabajo se vuelve una tortura silenciosa. Las manos me duelen, los nudillos se me ampollan por el agua helada y el jabón de sosa, y la espalda me arde por la postura. Cada vez que termino una tarea, Martha aparece de la nada y me asigna otra aún más pesada. Limpiar la chimenea principal, cargar la leña, fregar losplatos de la servidumbre.
Sé perfectamente lo que está haciendo. Quiere quebrarme. Quiere que me tire al suelo a suplicar piedad o que le grite para tener la excusa perfecta de castigarme. Pero soy más terca que ella. Me niego rotundamente a darle el gusto. Trabajo con una velocidad constante, tragándome el dolor y la fatiga, manteniendo la boca cerrada y la frente en alto.
A mitad de la tarde, cuando termino de secar el último caldero, me giro hacia ella. Martha está apoyada contra el marco de la puerta, observándome en silencio. Sus ojos amarillos ya no brillan con el sadismo de la mañana; hay algo diferente en su mirada. Un matiz de sorpresa, casi de escrutinio militar.
Punto para mí, pienso con una satisfacción amarga. Sé que no debo confundir las cosas. Martha sigue siendo una loba, la encargada del Alfa, y no va a convertirse en mi amiga ni mucho menos. Pero haber logrado que su mirada sea menos hostil es una pequeña victoria que me alimenta el alma en este infierno.
—No lo haces mal para ser una humana mimada —comenta Martha, cruzándose de brazos.
—Supongo que etsy halagada — contesto sin poder morderme la lengua a tiempo y veo como los ojos de la loba se entrecierran en mi dirección.
Pero para mi sorpresa no me reprende… bueno, no del todo.
—Mas te vale que no te creas especial. Aquí nadie recibe premios por hacer su trabajo.
—No espero ninguno —respondo limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo.Martha consulta un reloj de bolsillo de plata y frunce el ceño con molestia.
—Maldita sea. Se nos hace tarde. El Alfa exige su merienda a esta hora exacta todos los días, y hoy estamos retrasadas por culpa del cargamento de carne. Vas a llevarla tú a su estudio personal.
—¿Yo? Pensé que no tenía permitido estar en las zonas privadas del Alfa.
—Es una orden, Elena. Toma la bandeja de plata que está sobre la barra —me instruye rápidamente—. Subes por las escaleras principales del ala este, avanzas por el pasillo del fondo a la derecha y entras al estudio de la puerta doble con el escudo de la manada. El Alfa odia la impuntualidad, así que muévete y ni se te ocurra mirarlo a los ojos si está ahí adentro.
Antes de que pueda replicar o pedirle más detalles, Martha se da la vuelta y empieza a darles gritos a dos cocineras humanas para que apresuren los guisados de la cena.
Suelto un aire pesado, tomo la pesada bandeja de plata con ambas manos y salgo de la cocina.
El ala este del palacio es gigantesca y silenciosa. Subo los tramos de escaleras de piedra sintiendo cómo los gemelos me queman por el esfuerzo del día. Al llegar al piso superior, me encuentro con un laberinto interminable lleno de puertas de roble oscuro, alfombras rojas que ahogan el sonido de mis pasos y estatuas antiguas de lobos que parecen vigilarme.
Camino a paso rápido, pero la arquitectura del lugar me confunde por completo. Doy dos vueltas equivocadas y, de repente, me doy cuenta de que estoy completamente perdida. Todas las galerías se ven idénticas y no veo ningún escudo de la manada por ninguna parte.
Maldita sea. Como el Alfa me pille deambulando por aquí, me mata.
Estoy a punto de dar media vuelta para buscar las escaleras cuando un sonido suave rompe el silencio sofocante del pasillo.
Es música.
Me detengo en seco. La melodía fluye desde el fondo del corredor, limpia, melancólica y dolorosamente hermosa. Las notas de un piano vibran en el aire con una maestría que me eriza la piel. Hay algo en la tristeza de esa canción que me atrae como un imán, haciéndome olvidar por un segundo la bandeja con el té del Alfa que llevo en los brazos.
Camino despacio, siguiendo el rastro de la música, hasta llegar a una puerta de madera clara que está entreabierta. Una luz dorada de atardecer se filtra desde el interior. Me acerco con cuidado y me asomo por la rendija.
Mi aliento se atora en la garganta.
La habitación es un salón de música hermoso, rodeado de ventanales y libros. En el centro, frente a un piano de cola negro brillante, hay una chica tocando.
Se me cae el alma al suelo cuando la observo con detenimiento.
Es una joven de una belleza impresionante, vestida con un túnica de seda azul pálido. Pero lo que me deja fría, inmóvil en el sitio, son sus facciones.
Tiene la misma línea dura en la mandíbula, los mismos pómulos marcados y el mismo cabello oscuro y denso que Kaelen. Si no fuera por la delicadeza de sus rasgos femeninos, juraría que estoy viendo una versión en miniatura del mismísimo Alfa.
¿Quién es ella?, me pregunto en un ataque de pánico interno.
¿Acaso es su hija? No, es demasiado joven para serlo... ¿Una hermana?
La chica sigue tocando con una pasión ciega, moviendo las manos con agilidad sobre las teclas marfil. Sin embargo, al fijar la vista en su rostro, noto algo extraño. Sus ojos, del mismo verde intenso que los del Alfa, están completamente fijos en un punto muerto frente a ella. No parpadea. No mira las teclas. Sus pupilas están dilatadas, cubiertas por una fina película blanquecina.
Es ciega.
Doy un paso involuntario hacia atrás, abrumada por el descubrimiento, y el borde de la bandeja de plata choca ligeramente contra el marco de madera de la puerta.
El sonido metálico es imperceptible para un oído humano, pero la chica se detiene al instante. La última nota del piano queda suspendida en el aire como un cristal roto.
Gira la cabeza rápidamente hacia la puerta con una precisión inquietante.
—¿Quién está ahí?







