ElenaLas cadenas de metal frío en mis muñecas me recuerdan que mi vida dejó de ser mía en el instante en que el martillo del subastador cayó contra la madera. Dos guardias me escoltan a rastras fuera de la "Casa de Piedra y Justicia", directo hacia la parte trasera de una camioneta blindada de color negro azabache, con los cristales tan oscuros que parecen espejos.Me empujan hacia el interior. El asiento de cuero cruje bajo mi peso. La puerta se cierra con un golpe seco que retumba en mis oídos como una sentencia de muerte.El espacio es amplio, sofocante y huele a una mezcla peligrosa de sándalo, pino y cuero nuevo. Apenas el vehículo se pone en marcha, noto que una pared de cristal ahumado e insonorizado me separa por completo del chófer. Estamos aislados. Solos.A mi lado, envuelto en una sombra imponente, está él.Tengo el corazón desbocado, martillándome la garganta con un pánico voraz, pero me niego rotundamente a mostrarme débil. Aprieto los puños sobre mi regazo, me pego a l
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