Mundo ficciónIniciar sesiónElena
Los dos guardias me llevan a empujones por un laberinto de pasillos oscuros. A medida que avanzamos, la majestuosidad del palacio empieza a desvanecerse. Dejamos atrás las columnas de piedra esculpida y las lámparas de araña para cruzar la cocina —un espacio gigantesco que huele a pan recién horneado y carne asada— hasta adentrarnos en el ala norte.
Aquí, el ambiente cambia drásticamente. Las paredes son de piedra desnuda y el suelo no tiene alfombras, pero me sorprendo a mí misma observando los detalles. Esto es austero, sí, pero sigue siendo mil veces mejor que las casas de la mayoría de los humanos en los suburbios.
Uno de los lobos abre una puerta de madera pesada y me empuja sin ningún miramiento hacia el interior.
—Esta es tu celda. A partir de hoy, aquí duermes —gruña con voz ronca.
Escudriño el lugar. Es una habitación pequeña y sencilla, pero impecable. Tiene una cama individual bien hecha, una cómoda de madera oscura, un espejo pequeño colgado en la pared y una puerta lateral que conduce a un baño privado. Esperaba que me tiraran en un calabozo húmedo lleno de ratas.
Me giro hacia ellos y mantengo la cara rígida.
—Muchas gracias. Está perfecto —digo con una cortesía tan plana que resulta insultante.
Los dos guardias me miran con rabia contenida, sorprendidos de no ver lágrimas en mis ojos.
—Vamos a ver qué tan "perfecto" te parece el resto de tu vida a partir de mañana, humana —escupe uno de ellos antes de cerrar la puerta de golpe.
El cerrojo metálico gira desde afuera. Estoy encerrada.
Suelto un largo suspiro y dejo sobre la cama el pequeño bolso raído que los guardias me permitieron conservar con mis escasas pertenencias. Abro el primer cajón de la cómoda para guardar mi ropa y me detengo en seco. La indignación me quema las tripas.
El cajón ya está lleno. Hay varios conjuntos de vestidos de tela basta y color gris ratón, idénticos al uniforme de las sirvientas que vi en los pasillos. Ni siquiera me han dejado espacio para colocar mis pocas prendas. Ya han decidido absolutamente todo por mí, hasta lo que voy a ponerme en la piel.
De pronto, un rugido estruendoso sale de mi estómago, recordándome que no he probado bocado en todo el día. Me pregunto si privarme de comida hace parte del castigo del Alfa
Antes de que pueda sumergirme en la autocompasión, la pequeña rendija de la puerta se abre con un chasquido. Una mujer joven me observa desde el otro lado con una mirada cargada de hostilidad.
—El Alfa ha mandado tu cena —dice con frialdad.
Empuja un plato de sopa fría y un trozo de pan duro por la parte inferior de la puerta antes de que alcance a responder.
—Bueno... gracias —murmuro, tomando el plato del suelo.
La mujer, una humana rubia, de piel muy pálida y ojos cafés, no se retira. Me clava una mirada llena de un resentimiento que no entiendo.
—Escúchame bien, nueva —sisea a través de la madera—. El Alfa no tiene ningún tipo de apego hacia los humanos. Si tienes la absurda idea de que contigo va a ser diferente, o de que vas a lograr que se encariñe de ti, te sugiero que te vayas quitando esa estupidez de la cabeza. Es un monstruo de piedra.
La miro a los ojos, sosteniéndole la firmeza sin parpadear.
—Entonces es una suerte que lo último que quiera en esta vida sea ganarme su cariño —respondo con amargura—. No es como si estuviera aquí por mi voluntad.
La chica suelta una risa seca, cargada de burla.
—Sí, claro. Eso es lo que dicen todas al principio. Después no digas que no te lo advertí.
La pequeña ventanilla se cierra bruscamente, dejándome sola de nuevo. Me quedo de pie en medio de la habitación, más confundida y enojada que antes. ¿Todas? ¿A qué demonios se refiere con "todas"? Decido no calentarme la cabeza. Me como el pan duro, me trago la sopa helada y me me acuesto en la cama, esperando en silencio a que la noche pase rápido.
A la mañana siguiente, me levanto antes de que salga el sol. Me pongo el estúpido y horrible uniforme gris, que me queda ridículamente ajustado en el pecho y las caderas. Me recojo el cabello en una trena apretada y me quedo de pie junto a la puerta, sin saber si debo esperar a que me abran o si se supone que debo empezar a trabajar ya.
Mis tripas vuelven a protestar. La comida de anoche apenas fue un chiste para aplacar el hambre.
Tres golpes secos y violentos retumban en la madera, haciéndome dar un brinco. El cerrojo gira y la puerta se abre de par en par. Dos guardias me escanean de arriba abajo.
—Vaya, parece que al menos entiendes cuál es tu lugar y te pusiste el uniforme —se burla uno de ellos.
Me muerdo la lengua para no responderles nada que me cueste la cabeza. Me toman de los brazos y me arrastran de vuelta por los pasillos hasta la cocina principal.
Allí, junto a una mesa de madera gigante repleta de verduras y cuchillos, hay una mujer madura. Es alta, de hombros anchos y mirada severa. Un aura sutil pero pesada emana de ella: es una loba.
—Aquí está la nueva —anuncia el guardia, empujándome hacia adelante—. El Alfa la manda para que la adiestres. Al parecer, la humana tiene aires de rebeldía.
La mujer se gira despacio. Sus ojos amarillentos me recorren de pies a cabeza, deteniéndose en la forma en que sostengo la barbilla en alto. Una sonrisa cruel y lenta se dibuja en sus labios delgados.
—Esas son mis favoritas —dice con una voz áspera como la lija—. Quebrarlas es lo más divertido de este trabajo. Déjenmela a mí, yo me encargo de enseñarle lo que pasa cuando una humana olvida su sitio.







