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Elena
—Primogénita número 107. Camine hacia el frente.
Mis ojos están fijos en la enorme edificación frente a mi que se alza casi como una burla.
La "Casa de Piedra y Justicia".
El nombre es una burla sangrienta si tenemos en cuenta lo que está a punto de suceder.
Es un edificio colosal, antiguo y frío, construido con bloques de roca gris que parecen absorber la poca luz del sol. Es aquí donde se celebran los juicios de los lobos y, una vez al año, la Puja de Sangre.
Desde que tengo uso de razón sé que este día llegaría, es asi para todos los primogenitos, ya sean mujeres y hombres, al cumplir los 20 años. Este fue el acuerdo al que ambas razas llegaron para que las matanzas cesaran.
Somos enviados a la Puja de Sangre, donde los alfas más temidos de todo el continente se reunen para adquirir sus nuevas “mascotas” algunas para servidumbre, otras para diversión y el tercer grupo… bueno prefiero no pensar en eso a
—Muevete de una vez 107. —La voz impaciente del lobo que está en la puerta me saca de mis pensamientos y hace que obligue a mis piernas a moverme.
—¡Elena! —grita mi madre, intentando aferrarse a mi vestido.
Un guardia la empuja bruscamente hacia atrás. Mi padre la sostiene mientras mi hermano intenta abalanzarse contra el oficial, pero lo detengo con la mirada.
—¡Estoy bien! ¡Cuiden de mamá! —grito mientras los guardias me toman de los brazos y me arrastran prácticamente hacia el interior del edificio dejando atrás… tal vez para siempre la imagen de mi familia.
Me meten a empujones en un salón enorme y húmedo, donde ya hay un grupo de unas cincuenta chicas y chicos de mi edad.
Algunos lloran en silencio, otros tiemblan de pies a cabeza, acurrucados contra las paredes. El olor a miedo en la habitación es sofocante y se vuelve peor cuando noto los ojos abiertos de todos al ver mi apariencia.
La lastima que reboza de ellos al fijarse en mi anatomía… mis curvas…. mi maldición.
Desde que recuerdo, mi mesa siempre estaba repleta de comida.
Mi madre me obligaba a tragar bocado tras bocado. Corría al baño a vomitar cada vez que terminaba, pero no servía de nada. Mi cuerpo se hinchaba como un globo, hasta convertirse en lo que todos deseaban ver… aquello que yo detestaba con todas mis fuerzas.
A los lobos les gustaban las ofrendas con curvas.
Cuanto más robusta fuera, más alto subiría el precio, y mi familia obtendría una oportunidad para sobrevivir.
La puerta pesada de madera se abre haciendo que me sacunda los recuerdos y un hombre inmenso, de más de dos metros de altura y hombros tan anchos como una puerta, entra en el salón. Es un lobo de alto rango, se le nota en la postura arrogante y el aura de poder que emana. Nos mira a todos como si éramos basura bajo sus botas.
—Escúchenme bien, ganado —dice, y su voz hace que varias chicas ahoguen un grito—. Más les vale controlarse ahí afuera. Si alguna intenta gritar, suplicar o causar un altercado en la tarima, no saldrá de aquí con un dueño. Saldrá en una bolsa de cadáveres. ¿Fui claro?
Nadie responde. El silencio es la única respuesta permitida.
Pasan los minutos, que se sienten como horas eternas. Una a una, van llamando a las chicas por sus números.
Mi corazón empieza a martillar contra mis costillas con una desesperación ciega. Miro hacia el techo, hacia las ventanas altas. Por un segundo, la locura se apodera de mí y considero buscar una ruta de escape, saltar por algún lado y correr hasta que los pulmones me estallen.
Pero al pensar en el rostro inocente de mi hermano menor, sentí un nudo en el estómago.
La puerta se abrió de nuevo. El lobo inmenso clava sus ojos directamente en mí. Siento que me lee el pensamiento.
—Tú —me señala con un dedo grueso—. Camina. Y más te vale dejar las estupideces a un lado a menos que quieras convertirte en alimento para los perros hoy mismo.
— No sé de qué habla.
—O esa boca te va a dar muchos problemas, espero estar ahí para disfrutarlo, humana Ahora camina.
Me niego a que me vea temblar. Aprieto la mandíbula, inclino la frente hacia arriba con orgullo y camino directo hacia él, pasándole por el lado sin bajar la mirada ni un milímetro.
Cruzo el pasillo oscuro y las puertas dobles se abren de par en par, revelando el anfiteatro inundado de luz.
El calor del lugar me golpea, mezclado con un olor intenso a cuero, madera y... algo más. Un olor puramente animal que me eriza la piel. Subo los escalones de madera hasta el centro de la tarima elevada.
Abajo, sentados en gradas semicirculares de terciopelo y oro, están ellos. Docenas de hombres lobo y Alfas de diferentes manadas, vestidos con ropas lujosas, mirándonos con ojos hambrientos, analizando cada centímetro de nuestros cuerpos como si fuesemos caballos de carrera.
Siento la repulsión quemándome por dentro, así que me encargo de darles mi peor mirada. No me encojo. No cruzo los brazos para taparme.
Me planto firmemente en el centro del escenario, con los hombros hacia atrás, y les sostengo la mirada a los que están en las primeras filas, demostrándoles con cada fibra de mi ser que no les tengo miedo.
Que podrán comprar mi cuerpo, pero jamás mi mente.
El subastador empieza a gritar mi número y a hablar de mis características, pero su voz se vuelve un zumbido de fondo cuando, de repente, mis ojos se cruzan con los de alguien en el palco principal.
El aire se me atora en la garganta.
Es un hombre que parece sacado de una pintura de pesadilla y belleza.
Es extremadamente alto, de facciones duras y esculpidas en piedra, con el cabello largo y oscuro peinado hacia atrás, cayéndole de forma salvaje sobre los hombros. Pero lo que me paraliza son sus ojos: son de un verde furioso, brillante, casi sobrenatural.
Y me está mirando con una rabia tan pura y visceral que me congela la sangre. No me mira con lujuria, ni con curiosidad. Me mira con un odio profundo, como si mi sola existencia fuera un insulto para él.
Lejos de apartar la vista, aprieto los dientes y le devuelvo el golpe visual. Le transmito todo el desprecio que siento por su especie, todo el asco, toda mi furia concentrada. Sostengo su mirada verde durante varios segundos que se sienten como una eternidad.
Entonces, veo el movimiento.
El hombre eleva sutilmente la esquina derecha de sus labios. Es una sonrisa lenta, gélida, que no tiene absolutamente nada de bueno.
Es pura crueldad compactada. Es la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar a su presa favorita y sabe que la va a despedazar.
Un frío escalofriante me recorre la espina dorsal cuando lo veo mover sus labios en lo que parece ser:
“No debiste hacer eso, humana”
En ese milisegundo, mientras el martillo del subastador cae con un golpe seco en el fondo, lo entiendo.
Acabo de cometer el peor error de mi vida.







