Aitana
El terror que sentí al leer la carta póstuma de Arturo no era por la amenaza a la corporación, sino por la figura de mi padre biológico, Mario Durán. El hombre que Eliseo Ferrer había pintado como un espía inestable y mi madre, Lina, como un genio traicionado, no estaba muerto. Estaba esperando en las sombras, listo para cobrar la póliza de seguro de vida que Elena había orquestado como una garantía macabra para mantenernos unidos.
—¡Elena! Incluso muerta, sigue manipulando nuestros hilo