Sebastián
El beso duró un segundo y una eternidad. No fue la necesidad ciega y voraz de hace seis años, sino el reconocimiento, la admisión de que el fuego no se había extinguido, solo había estado latente, esperando el momento de la tregua para estallar.
Cuando nos separamos, la respiración de Aitana era agitada y sus ojos, aún brillantes por la luz de la luna, me miraban con una mezcla de pánico y rendición.
—Sebastián, no. —Susurró, la voz apenas audible.
—Sí —repliqué, rozando su labio infe