Aitana
El amanecer en la cabaña fue un castigo exquisito. Desperté envuelta en el olor a pino y a Sebastián. Había dormido en el sofá, pero en algún momento de la noche, el frío lo había llevado a cubrirse con mi manta de campamento, que compartíamos sin querer. Estaba acurrucado, su mano colgando cerca del borde de mi cama, su respiración lenta y profunda.
Isabella dormía profundamente en la otra cama. Yo me quedé quieta, observando al hombre que había sido mi destructor y ahora era mi forzado