El camarote había sido adornado con flores; un corazón de pétalos en la cama. Alekos apagó la luz, dejando que la luna los iluminara.
—Ahora podrás decir que soy romántico —dijo él.
—Muy romántico —susurró ella, besándolo
—Te ves hermosa con ese vestido —comentó él, mirando a su esposa con el mar de fondo y la luz plateada sobre ella.
—¿Te gusta? —preguntó ella, dando una vuelta.
—Siempre me gustas, Dakota Ravelli —respondió él. Sirvió dos copas—. Por una larga vida despertando cada día viendo esos ojos.
Brindaron. Ella lo besó.
Él se colocó detrás de ella y comenzó a desabrochar cada botón. Dakota quiso quitarse la gargantilla, pero él lo impidió.
—Déjala… te queda hermosa.
—Es demasiado ostentosa —admitió ella, nerviosa.
—Sí, pero tiene casi cuarenta años. Es lindo verte con ella.
Finalmente Alekos logró quitarle el vestido. Este cayó al suelo. Él lo levantó con cuidado y ayudó a su esposa a salir de él. Luego soltó su cabello. Dakota, vestida solo de encaje