Penélope caminaba por el local; era el segundo que había visto y, en cuanto puso un pie en la puerta, lo supo: ese sería su lugar de trabajo. Era perfecto. Stavros observó la expresión de su hija; se la veía tan radiante… también notó cómo el joven de la inmobiliaria no podía dejar de mirarla.
—Es perfecto, quiero rentarlo —dijo ella.
—Joven, si se encuentra a la venta, lo compraremos —dijo Stavros.
—Por supuesto, está a la venta. Pediré que preparen los documentos.
—Papá, no puedo pagar esto. Por eso pensé en rentarlo, y aunque tengo mucha fe en el proyecto… no es seguro que funcione —dijo Penélope, algo apenada.
—Creo en ti. Y si no te sientes cómoda con que yo lo compre, me devuelves el dinero una vez que tu negocio despegue —respondió él.
—Está bien… pero te lo voy a devolver. Y a cambio te invito a almorzar, eso sí lo puedo pagar —dijo Penélope, sonriéndole.
—Esa idea me encanta —respondió él. Después de unos minutos, se marcharon a almorzar.
Más tarde, de regreso a la vi