Penélope miraba a través de la ventana del hotel. Estaba en París por trabajo, un pensamiento que todavía le provocaba una sonrisa.Un golpe en la puerta la sacó de sus ideas: Helena y Teresa estaban listas para recorrer la ciudad y hacer algunas compras.
Las tres pasearon durante horas, entrando y saliendo de boutiques. La mayoría de las cosas que compraban eran para los bebés que pronto llegarían; todo les parecía precioso y perfecto. Tras tres horas caminando, se refugiaron en una pequeña cafetería.
—Tenemos que conseguirte un vestido para la inauguración de la galería —dijo Helena, mirando a su hermana con decisión—. Tienes que verte espectacular.
—Ni siquiera he pensado en eso —admitió Penélope.
—Helena tiene razón —intervino Teresa—. Debes lucir radiante. Seguramente irá la prensa.
—Y eso es justamente lo que me da miedo —murmuró Penélope, removiendo el café.
—No hiciste nada malo, hija —dijo Teresa con voz firme—. Camina con la frente en alto.
Helena soltó una risa suave.