Dakota cayó sobre la cama.
—Es muy hermosa, señora Ravelli —dijo Christopher Anastas mientras acariciaba una de sus piernas.
—No se le ocurra tocarme —le advirtió Dakota, dándole un manotazo.
Christopher la miró sorprendido; era una gatita muy audaz.
Salió de la habitación y cerró la puerta con llave.
Dakota gritaba del otro lado, gritó hasta quedar exhausta.
—Por fin se calló —comentó Angelo—. Señor, ¿qué piensa hacer con ella? Perdón que pregunte… ¡pero usted no es así!
—¿Tú qué harías en mi lugar? —preguntó Christopher.
—Olvidar, señor. A veces lo mejor es olvidar —respondió Angelo.
Christopher miró por la ventana, como buscando la respuesta.
Dakota observaba en silencio por la suya. No tenía rejas y estaba en un segundo piso. Decidió abrirla: tal vez podría bajar por ahí y correr, aunque no sabía dónde estaba.
Christopher observaba maravillado en la pantalla de seguridad. ¿En serio estaba tan loca como para intentar salir por la ventana? Mejor la cambiaría de