Cuando Dakota y su abuela Teresa se retiraron, Alekos pasó a la biblioteca con su padre.
—¿Me puedes explicar qué está pasando? —preguntó Alekos.
—No sé a qué te refieres —respondió Stavros con calma.
—Pasaste por encima de mí al llamarla, lo entiendo, querías conocer a la niña. La invitas, dejas que traiga a su abuela y ahora resulta que también la instalas aquí. Y como si fuera poco, me mandas a mi casa. ¿Qué es lo que te propones? ¿Cuánto te costó que viniera? —preguntó Alekos, gritando.
—Primero, bajas el tono. Sigo siendo tu padre. Solo pidió una cosa para venir; que cuando decidiera marcharse, podría llevarse a su hija. Le di mi palabra, y la voy a cumplir —informó Stavros.
—¡Mi hija no se va a ningún lado! No voy a permitir que se la lleve —contestó Alekos, furioso.
Stavros suspiró con pesar.
—Le di mi palabra, y la voy a cumplir, aunque tenga que ponerme en contra de ti. Pensé que Strauss había exagerado cuando dijo que habías perdido la razón, pero veo que no se equivocó.
—¿A