La heredera legítima rechazada

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Eve Above Story  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Ella es la única loba Alfa del mundo, la princesa de la Manada Real. Para protegerla, su padre insistió en educarla en casa. Siempre soñó con ir a la escuela, pero su padre le exigió ocultar sus poderes de Alfa. Así que fingió no tener loba... Hasta que conoció a su compañero destinado. Él resultó ser el heredero de la manada más poderosa y... ¡¿la rechazó?! —¿Cómo se atreve una inútil que ni siquiera tiene loba a ser mi compañera? La rechazó públicamente y eligió a otra impostora. Hasta el día de su regreso a casa. Su padre, el Rey Alfa de la Manada Real, apareció. —¿Quién hizo llorar a mi hija? El orgulloso heredero que la había rechazado cayó de rodillas ante ella, con la voz temblorosa. —Lo siento... Por favor, vuelve conmigo. Ella soltó una suave risa y alzó la mirada. —¿Ahora sí sabes arrodillarte?

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Capítulo 1

Capítulo 1

Narra Liora...

Yo era Liora, tenía diecisiete años y era la única princesa de la Manada Real. La primera loba Alfa nacida en décadas.

Mi destino ya estaba decidido: recibir educación en casa, convertirme en la heredera y, algún día, casarme con un desconocido por razones políticas. Durante toda mi vida, los demás habían visto primero mi título y solo después a la loba que había detrás de él.

Por eso hice una apuesta con mi padre.

—Has ganado, princesa mía... Te ayudaré a ocultar tu identidad. Podrás ir a la escuela y buscar a tu compañero destinado.

En cuanto mis garras se hundieron en su hombro, mi padre... sonrió.

—¿Entonces gané? —pregunté.

Me incorporé mientras el polvo descendía despacio a nuestro alrededor.

La apuesta era sencilla: debía derrotarlo en combate.

Lo había desafiado durante años en el campo de entrenamiento y, por fin, ese día lo había conseguido.

Si ganaba, él me entregaría un amuleto capaz de ocultar mi identidad, disimular mi aura y borrar mi aroma. Gracias a él, podría asistir a la escuela fingiendo ser una estudiante sin loba.

No sería una princesa, una heredera ni el símbolo de un título.

Y eso era justo lo que más deseaba.

—Claro que sí —murmuró antes de lanzarme el collar con el que soñaba desde que tenía diez años.

El polvo y el sudor del entrenamiento se adherían a nuestra piel, pero atrapé el collar con facilidad. Entonces escuché a las doncellas murmurar detrás de mí.

—...Dios mío, ¡la princesa Liora derrotó a su padre, el Rey Alfa! ¡Él siempre ha sido el más fuerte de la manada!

—Se ve impresionante con esa expresión tan indiferente... Escuché que es un auténtico prodigio. Me pregunto quién será digno de convertirse en su compañero destinado.

—Shh... Bajen la voz. No permitan que la princesa las escuche.

Para los hombres lobo, un compañero destinado era sagrado. Como heredera, llevaba años preparándome para sacrificar mi matrimonio por el deber. Sin embargo, ni siquiera yo podía evitar desear en secreto encontrar a mi verdadero compañero.

Ignoré los murmullos de las doncellas y abracé a mi padre.

—El amuleto ocultará tu aroma —explicó mientras movía con cuidado el hombro adolorido—. Nadie sabrá que perteneces a la realeza. Para todos, serás una simple estudiante transferida sin loba.

—Excelente.

Hice girar el colgante entre mis dedos. En cuanto rozó mi piel, mi verdadero aroma desapareció.

—¿Y el compromiso arreglado?

—Cancelado. Por ahora.

Mi padre guardó silencio unos segundos antes de continuar:

—Dentro de unos meses, durante el regreso a casa, iré a la escuela como miembro de la junta directiva y revelaré tu identidad. En ese momento, este "juego" terminará. Si para entonces no has encontrado a tu compañero destinado...

—Volveré a casa y aceptaré un matrimonio arreglado —terminé por él.

Sonreí por primera vez en todo el día. Después de haber recibido educación en casa desde que era una cachorra para prepararme como heredera, sabía cuánto valía esta oportunidad de ser libre.

—...Gracias, papá.

—Solo te pido que no te enamores de algún Beta blandengue que escriba poemas sobre la luna.

Soltó uno de esos suspiros exagerados que normalmente usaba para hablar de política o de matrimonios.

A pesar de sus palabras, sentí cómo me estrechaba con fuerza entre sus brazos antes de darme una palmada firme en la espalda.

Unos días después, me encontraba frente al espejo ajustándome el collar. Por primera vez en mi vida, el amuleto ocultaba mi identidad y hacía que cualquiera que me mirara viera únicamente a una chica sin loba.

Una don nadie de clase baja. Una desconocida por completo.

Nunca había sentido una libertad semejante.

No pude evitar sonreír al contemplar mi identidad inventada: unos jeans descoloridos, una sudadera con capucha varias tallas más grande y el cabello recogido en una sencilla cola de caballo.

De camino a la escuela, una emoción extraña se instaló en mi pecho.

Esperaba perderme un poco, recibir algunas miradas curiosas y llegar sin mayores inconvenientes a la oficina de admisiones.

Sin embargo, en cuanto crucé las puertas de la escuela, comprendí que estaba equivocada.

La entrada estaba abarrotada.

Una multitud se había reunido más adelante. Todo era un caos de gritos, emoción y empujones. Parecía que la escuela entera había salido a recibir a una celebridad.

Entre los cuerpos que no paraban de moverse, saltar y abrirse paso, conseguí encontrar el origen de toda esa conmoción, aquello que tenía fascinadas a las lobas.

Era un lobo alto, de hombros anchos y cabello oscuro, peinado con ese desorden cuidadosamente calculado. Sostenía un ramo de rosas, como si estuviera a punto de asistir a un funeral... o de declararle su amor a alguien.

Varias lobas respiraban agitadas. Una de ellas incluso se abanicaba con un cuaderno.

Entonces lo sentí. Todo mi cuerpo se tensó. Ese aroma...

¿Mi compañero destinado?

Era tenue, pero imposible de confundir.

El corazón me dio un vuelco y fruncí el ceño.

No. No podía ser. No podía encontrarlo tan pronto.

—Disculpa —dije mientras tocaba suavemente el hombro de una loba—. Soy nueva. ¿Podrías...?

La loba me apartó de un empujón antes de que pudiera terminar. Perdí el equilibrio y caí de rodillas.

—¡Qué asco! —exclamó mientras retrocedía y arrugaba la nariz, como si yo acabara de salir de un basurero—. Aléjate de mí, sin loba.

Ah.

Así era como llamaban de manera despectiva a quienes no tenían lobo.

—Uf. ¿Por qué tenía que aparecer esta pueblerina? —se burló otra loba, que lucía unas uñas acrílicas rosadas casi tan largas como unas garras—. ¡Fíjate por dónde vas! ¡Por tu culpa vamos a perdérnoslo!

Me puse de pie con tranquilidad y sacudí el polvo de mis rodillas.

—Normalmente, la persona que tuvo la culpa ofrece una disculpa —respondí con calma—. Creo que eso se considera buena educación.

La chica se volvió hacia mí con un gruñido.

—¡¿Perdón?! ¡Sin loba! ¡Más te vale aprender a cuidar esa lengua!

Sus verdaderas garras estuvieron a punto de atravesar las uñas acrílicas antes de que una de sus amigas interviniera y la apartara.

—¡Olvídala! ¿Dónde está la loba Alfa? Se supone que llegaría hoy, ¿verdad?

—¡Miren! —La loba de las uñas acrílicas rosadas señaló detrás de mí cuando un lujoso automóvil negro se detuvo frente a la entrada—. ¡Debe de ser ella! ¡La princesa!

¿Princesa?

¿Alfa loba?

Mientras intentaba entender lo que estaba sucediendo, él se movió.

El lobo popular, el centro del cual parecían girar todos los demás, el mismo cuyo aroma me había atravesado hasta los huesos.

Avanzó entre la multitud con paso seguro, seguido por un grupo de admiradores atentos a cada uno de sus movimientos.

Debí retroceder. Debí apartar la mirada. Pero no pude.

Nos cruzamos y su aroma volvió a envolverme. El estómago me dio un vuelco y el corazón se me aceleró.

Era él.

Lo supe sin necesidad de encontrar una explicación.

Fue como si la parte de mí que llevaba años tratando de dominar hubiera alzado la cabeza de repente y comenzado a rugir.

Entonces nuestras miradas se encontraron.

Me quedé inmóvil al entender que él también debió sentir el vínculo.

Mi compañero destinado.

¡Éramos compañeros destinados!

Sin embargo, su expresión se endureció.

Me observó con indiferencia durante apenas un instante y luego apartó los ojos para dirigirlos hacia el lujoso automóvil que acababa de llegar.

Fruncí el ceño mientras la multitud corría hacia adelante, desesperada por ver a la supuesta princesa.

Al principio apenas pude distinguirla entre tantos lobos, pero en cuanto apareció resultó imposible pasarla por alto.

La puerta del automóvil se abrió y el bullicio se apagó al instante.

Una loba descendió con una elegancia que parecía muy ensayada. Vestía como si acabara de salir de una campaña de moda. Su falda era exageradamente corta, de las correas de sus tacones colgaban unas pequeñas campanas que tintineaban con cada paso y llevaba tanto perfume que su aroma invadió el aire.

Cada uno de sus movimientos parecía calculado para atraer todas las miradas.

Aun así, era hermosa.

¿Quién... era ella?

—¡Miren ese automóvil! ¡Y su ropa! ¡Tiene esa elegancia noble y deslumbrante!

—¡Sí! ¡Tiene que ser ella! ¡Tiene que ser la princesa!

Mientras los murmullos se extendían entre la multitud, mi compañero destinado siguió caminando.

Quise detenerlo y extendí una mano hacia él.

—¡Espera!... Disculpa, nosotros...

Él se volvió para mirarme con una expresión que no conseguí leer. Como si en cuestión de segundos me hubiera juzgado.

Sin aura, sin aroma y sin ningún valor.

—Hazte a un lado.

Su voz sonó fría e indiferente.

Después, como si acabara de deshacerse de algo sin importancia, me dio la espalda sin la menor remordimiento y caminó hacia la joven del automóvil.

Vi cómo le entregaba el ramo de rosas. Su postura se relajó y su voz se volvió calida.

Entonces sonrió con naturalidad delante de todos.

—Bienvenida a nuestra escuela. Hoy es tu primer día, ¿te gustaría que te mostrara el lugar...?

¿Mi compañero destinado... acababa de elegir a otra?

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