A la mañana siguiente, el aire era distinto. El altar ya no palpitaba con fuerza; en su lugar, una calma densa envolvía el santuario, como si la tierra contuviera la respiración.
Selene se acercó al centro con el libro en las manos. La cubierta de cuero viejo estaba cubierta de una pátina de escarcha, a pesar de que no hacía frío. Elena sintió cómo algo en su interior se tensaba apenas verlo.
—Anoche el libro cambió —dijo Selene—. Una nueva página apareció al morir Maelis, pero luego… otra más