Amadeo
La niebla del bosque era tan espesa como una mentira bien tejida. Amadeo volaba bajo, sus alas heridas y ennegrecidas por la magia maldita que impregnaba el aire. Pero no se detendría.
Cuando la encontró, no era la Lucía que conocía.
Estaba de pie sobre un círculo de huesos, los ojos inyectados de sombras líquidas, el cabello flotando como si el aire la rechazara.
—Lucía… —susurró, aterrizando a pocos pasos.
Lucía no se giró cuando Amadeo la llamó. La oscuridad la rodeaba, envolviéndol