Rosanne tomó su teléfono con manos temblorosas. Lo sostuvo frente a ella durante largos segundos, observando la pantalla encendida como si aquel objeto pudiera juzgarla.
El simple acto de presionar un botón parecía tener un peso insoportable, como si hacerlo fuera a alterar el curso de su vida de manera irreversible. Respiró hondo una, dos veces. Aun así, el aire no parecía llegarle a los pulmones.
Cuando por fin reunió el valor y marcó el número, el sonido del timbre le perforó los oídos, seco, insistente, marcando cada segundo de su incertidumbre.
La voz de Camely respondió casi de inmediato.
—¿Rosanne? ¿Mi amor? —preguntó su madre, con una preocupación que traspasó el teléfono—. ¿Pasó algo?
Ese fue el punto exacto en el que todo se rompió.
Rosanne rompió en llanto sin poder contenerse. Las lágrimas brotaron con una fuerza que la sorprendió a ella misma, como si hubiera estado reprimiéndolas durante años, acumulándolas en algún rincón del alma hasta que ya no cupieron más.
Su respira