Veinte años después.
Rosanne permanecía inmóvil frente al espejo, observándose como si mirara a una desconocida. Sus ojos, cansados y opacos, recorrían un cuerpo que ya no sentía suyo.
La mujer reflejada allí pesaba casi ciento treinta kilos. Su figura había cambiado de forma brutal en apenas un año, como si la vida le hubiese cobrado de golpe cada error cometido.
Había engordado después de donar su riñón a su esposo, Carlos Duarte. Un año atrás, cuando los médicos le dijeron que él no sobreviviría sin un trasplante urgente, ella no lo dudó. Firmó los papeles con manos firmes, convencida de que el amor justificaba cualquier sacrificio.
Lo hizo sin miedo, sin preguntas, sin reservas. Porque amaba a Carlos con una devoción casi enfermiza.
Desde que lo conoció, cinco años atrás, su mundo comenzó a girar únicamente alrededor de él.
Por amor, había perdido todo.
Nadie en su familia aprobó jamás esa relación. Ni sus padres, ni su hermana, ni sus tíos, ni su abuelo. Todos, absolutamente todos