Veinte años después.
Rosanne permanecía inmóvil frente al espejo, observándose como si mirara a una desconocida. Sus ojos, cansados y opacos, recorrían un cuerpo que ya no sentía suyo.
La mujer reflejada allí pesaba casi ciento treinta kilos. Su figura había cambiado de forma brutal en apenas un año, como si la vida le hubiese cobrado de golpe cada error cometido.
Había engordado después de donar su riñón a su esposo, Carlos Duarte. Un año atrás, cuando los médicos le dijeron que él no sobrevivi