Rosanne intentó acercarse a Roberto.
Dio apenas un paso, con la mano extendida, como si todavía existiera un hilo invisible capaz de unirlos, como si bastara tocarlo para que todo volviera a su lugar. Pero Roberto reaccionó de inmediato. Retiró la mano con un gesto brusco, casi instintivo, como si el simple contacto pudiera lastimarlo.
Ese pequeño movimiento fue más doloroso que cualquier golpe.
Rosanne sintió cómo algo se quebraba dentro de su pecho. No fue un sonido, no fue una imagen clara, sino una sensación profunda, como si una parte de ella se desplomara sin remedio.
Roberto la miró con severidad. Sus ojos ya no tenían la calidez que ella conocía. Eran duros, fríos, marcados por una decepción tan intensa que Rosanne jamás había visto reflejada en su mirada.
—¿A pesar de todo el daño que te hizo… sigues amándolo? —preguntó, con la voz firme, contenida, como si cada palabra le costara—. ¿Morirías de nuevo por él en esta segunda oportunidad?
Las palabras cayeron como dagas.
Rosanne