Rosanne tomó la mano de Roberto con una determinación que le sorprendió incluso a ella misma. Durante años había dudado, había cedido, había esperado señales que nunca llegaron.
Pero en ese instante no hubo vacilación. No fue un gesto impulsivo ni una reacción desesperada; fue una decisión nacida del cansancio, de las heridas acumuladas y de una claridad brutal que solo aparece cuando ya no queda nada por justificar.
Salió con él sin mirar atrás, como si al cruzar esa puerta dejara encerrada a la mujer que había sido: ingenua, complaciente, dispuesta a sacrificarse por quien no la merecía.
Roberto dio un paso, luego otro… y finalmente se detuvo.
El peso de todo lo que no dijo, de lo que hizo mal, de las oportunidades perdidas, le cayó de golpe sobre los hombros. La culpa era un nudo espeso en su garganta.
—¿Me perdonas? —preguntó al fin, con la voz baja, quebrada, vulnerable como un niño que teme escuchar un no definitivo.
Rosanne se giró despacio. Sus ojos aún estaban húmedos, pero ya