Rosanne se soltó de su agarre con un movimiento brusco, como si al apartar la mano también se liberará de algo más profundo y antiguo. El contacto de Carlos le quemaba la piel.
—¡Tú no eres mi dueño! —exclamó, con la voz firme y elevada—. No me dices qué hacer. Yo voy a participar en el concurso porque quiero y porque puedo.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero no retrocedió ni un centímetro.
—Pero dime algo —continuó, clavándole la mirada—, ¿por qué te pones así? ¿Acaso tienes miedo? ¿O dudas de tu propia capacidad? ¿No eras tú el “genio” de la facultad?
Su voz resonó en el pasillo. Demasiado fuerte para pasar desapercibida. Los estudiantes comenzaron a girar la cabeza; algunos se acercaron, otros fingieron no escuchar, pero nadie se fue. El ambiente se tensó.
Carlos apretó la mandíbula.
—Rosanne, tú ya eres rica —respondió con desprecio—. Tu familia es poderosa. ¿Por qué le quitas la oportunidad a otros que sí la necesitan?
Rosanne soltó una risa breve, incrédula.
—¿Y qué? —repli