Rosanne se soltó de su agarre con un movimiento brusco, como si al apartar la mano también se liberará de algo más profundo y antiguo. El contacto de Carlos le quemaba la piel.
—¡Tú no eres mi dueño! —exclamó, con la voz firme y elevada—. No me dices qué hacer. Yo voy a participar en el concurso porque quiero y porque puedo.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero no retrocedió ni un centímetro.
—Pero dime algo —continuó, clavándole la mirada—, ¿por qué te pones así? ¿Acaso tienes miedo? ¿O dud