Al día siguiente, el aeropuerto estaba envuelto en ese caos ordenado que solo existe en los lugares de partida. Maletas rodaban sin descanso sobre el suelo brillante, las ruedas chocaban unas con otras, y los anuncios metálicos por los altavoces se mezclaban con voces nerviosas, risas forzadas y despedidas inconclusas. Había abrazos que prometían volver a verse pronto y otros que se daban con la secreta sospecha de que quizá ese adiós era definitivo.
Rosanne y Roberto llegaron juntos, caminando con una calma que parecía ajena al bullicio que los rodeaba. Avanzaban uno al lado del otro, sin prisa, como si el mundo se hubiera reducido a ese breve espacio entre ambos. No necesitaban hablar; sus miradas, sus gestos y la forma natural en la que sus manos se rozaban decían más que cualquier palabra. Parecían listos para iniciar algo más que un simple viaje. En sus expresiones había una serenidad nueva, casi desafiante, como si por primera vez se permitieran ser felices sin pedir permiso.
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