Al día siguiente, el aeropuerto estaba envuelto en ese caos ordenado que solo existe en los lugares de partida. Maletas rodaban sin descanso sobre el suelo brillante, las ruedas chocaban unas con otras, y los anuncios metálicos por los altavoces se mezclaban con voces nerviosas, risas forzadas y despedidas inconclusas. Había abrazos que prometían volver a verse pronto y otros que se daban con la secreta sospecha de que quizá ese adiós era definitivo.
Rosanne y Roberto llegaron juntos, caminando