Por la noche, regresaron a la habitación caminando despacio, todavía envueltos en la magia persistente de la velada. El hotel parecía distinto a esas horas, más silencioso, más íntimo. El pasillo estaba casi vacío, iluminado apenas por luces cálidas que proyectaban sombras suaves y alargadas sobre las paredes. Cada paso resonaba con un eco tenue, como si el mundo exterior hubiera quedado muy lejos.
Al llegar a la puerta, Roberto se detuvo. Giró hacia Rosanne con una sonrisa tranquila, de esas que no necesitan palabras. Tomó su rostro entre sus manos con una delicadeza que la hizo estremecer y la besó en el umbral. No fue un beso apresurado ni ansioso, sino lento, profundo, cargado de promesas silenciosas y de una certeza que parecía firme.
Cuando él se separó apenas de sus labios, Rosanne sonrió, sintiendo el corazón latiéndole con fuerza.
—Te veré mañana —dijo Roberto, con una expresión que mezclaba ternura, seguridad y una calma que la hacía sentirse protegida.
Rosanne asintió, inca