Zacarías se acercó a Roberto con pasos lentos pero firmes.
La sala entera parecía contener la respiración. No era solo un padre evaluando a un hombre; era un hombre que había visto demasiado dolor en el pasado y no estaba dispuesto a permitir que su hija volviera a equivocarse.
—Roberto Márquez —dijo con voz grave—, dime algo con absoluta honestidad. ¿Amas a mi hija lo suficiente como para casarte con ella?
Roberto no desvió la mirada. No titubeó. No buscó palabras elegantes ni respuestas calculadas.
—La amo —respondió—. Y me casaría con ella mañana mismo si pudiera.
El silencio se volvió espeso. Zacarías sostuvo su mirada durante unos segundos más… y entonces sonrió.
No fue una sonrisa amplia, sino una cargada de aprobación y alivio.
—¿Escuchaste eso, Rosanne?
Ella asintió, incapaz de hablar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.
—Este muchacho te ama —continuó Zacarías—. No por tu dinero, porque él tiene tanto como tú. No por tu belleza, porque él tamb