Lejos de ahí, en la casa de los Durán, el aire era irrespirable. No por el calor, sino por la tensión que se había instalado como una sombra espesa, pegajosa, imposible de sacudir.
Romina caminaba de un lado a otro del salón, con los pasos desordenados, como una fiera atrapada en una jaula demasiado pequeña. Sus manos temblaban, su respiración era errática, y sus ojos, inyectados de furia y pánico, parecían buscar un culpable al que destrozar.
—¡Fue esa perra! —gritó de pronto, deteniéndose en seco—. ¡Fue esa maldita Conny! Ella me amenazó… ella sabía demasiado… ¡Y lo hizo! ¡Lo juro que lo hizo! —su voz se quebró, no de tristeza, sino de rabia—. ¡Voy a matarla!
El silencio cayó como un golpe seco. Durante un segundo, nadie se atrevió a respirar.
—¡No te atrevas! —rugió Edmund, rompiendo la quietud.
Todas las miradas se clavaron en él. Romina giró lentamente, como si acabara de descubrir a un traidor en medio de su propio bando.
—Quiero decir… —Edmund carraspeó, bajando un poco la voz,