Lejos de ahí, en la casa de los Durán, el aire era irrespirable. No por el calor, sino por la tensión que se había instalado como una sombra espesa, pegajosa, imposible de sacudir.
Romina caminaba de un lado a otro del salón, con los pasos desordenados, como una fiera atrapada en una jaula demasiado pequeña. Sus manos temblaban, su respiración era errática, y sus ojos, inyectados de furia y pánico, parecían buscar un culpable al que destrozar.
—¡Fue esa perra! —gritó de pronto, deteniéndose en s