Camely salió a toda prisa, casi sin sentir el suelo bajo sus pies. El aire le quemaba los pulmones y el pecho le dolía como si algo se estuviera desgarrando por dentro. Apretó los puños con fuerza mientras avanzaba, decidida a no mirar atrás.
“No voy a llorar. No voy a llorar delante de ellos. No voy a sufrir por él, no más. Dios… no me traiciones, tonto corazón”, se repitió una y otra vez, como un conjuro desesperado.
Caminó tan rápido que pronto estuvo a punto de correr. Necesitaba huir, escap