Camely salió a toda prisa, casi sin sentir el suelo bajo sus pies. El aire le quemaba los pulmones y el pecho le dolía como si algo se estuviera desgarrando por dentro. Apretó los puños con fuerza mientras avanzaba, decidida a no mirar atrás.
“No voy a llorar. No voy a llorar delante de ellos. No voy a sufrir por él, no más. Dios… no me traiciones, tonto corazón”, se repitió una y otra vez, como un conjuro desesperado.
Caminó tan rápido que pronto estuvo a punto de correr. Necesitaba huir, escapar de esa casa, de esas miradas, de esa escena que acababa de abrir heridas que nunca terminaron de cerrar. Pero de pronto sintió una mano aferrarse a su brazo, deteniéndola en seco. El contacto la hizo estremecerse.
Giró la cabeza con brusquedad.
Era Zacarías.
—Te llevaré a tu casa —dijo él, con un tono firme que no admitía discusión.
Camely se soltó de inmediato, fulminándolo con la mirada.
—No me toques.
—Conny —insistió, dando un paso hacia ella—, ayer alguien te drogó. No voy a dejar que es